martes, 25 de diciembre de 2007

Leyenda del Peñón del Diablo.

En el programa de las fiestas de El Espinar del año 1976, se podía leer una de las múltiples historias que Félix Segovia nos enseñó a lo largo de su vida y que dejó plasmadas en algunas publicaciones. A pesar de que le conocí durante sus últimos años de vida, el espíritu que nos transmitía dejó huella y a todos nos supo a poco todo lo que nos enseñó. Es una pena no haberle conocido antes.

A continuación voy a transcribir tal cual el texto que nuestro Félix Segovia publicó en verano del 1976:

El Diccionario Enciclopédico sitúa al pueblo de El Espinar a la salida de un gran desfiladero llamado “El Boquerón”, en uno de cuyos angostos lados, el correspondiente al “Cabeza Renales”, existe una roca enorme, como un gran furúnculo pétreo nacido del monte y conocido por los nativos por “Roca del Infierno” ó “Roca del Diablo”.

No sé por qué causa, quizá por unos de esos fenómenos del subconsciente que bullen en nosotros, como diablillos, sin razón aparente, vino a mi memoria una leyenda escuchada en mi juventud en la taberna de mi tía Maria, cuando uno de los parroquianos, de provecta edad, vecino del pueblo, la refería a los allí reunidos en derredor de la estufa, a cuyo calor desentumecían los aterridos miembros, porque fuera, el tiempo, por ser pleno invierno, azotaba la ventisca con siniestras intenciones.

Quien hablaba, hombre ya curtido por los vientos de muchos soles, les decía a sus conciudadanos haber escuchado a sus mayores una leyenda que ellos titulaban del “Rico del Diablo”.

Cuenta la leyenda, decía el narrador, que había en el lugar una zagala que en nada envidiaba en honestidad y hermosura a la famosa cabrera “Marcela”, de que nos habla Cervantes en su inmortal obra del Hidalgo Manchego, cuya belleza provocó en Cardeño unos amores infaustos que al no verse correspondidos le llevaron a la muerte y dicen de la hermosura de la zagala y de su adusta esquivez que corría pareja con la de aquella vaquera de la finojosa que el marqués de Santillana describe en sus serranillas: “no hay moza más bella y fermosa y esquiva que aquella vaquera de la finojosa”.

Diariamente nuestra zagala vecina salía al monte con un hato de cabras a las que pastoreaba por las praderas del “Cabeza Renales”.

Corría, no ya por el pueblo solamente sino por sus contornos, de boca en boca, la singular belleza de la cabrera espinariega, siendo motivo del comentarío diario, no ya solamente por su hermosura, sino también por su conducta esquiva rechazando galanteos y donaires, tanto de los zagales de su edad como de toda persona que intentara exaltar su beldad. Era como la flor salvaje nacida en plena naturaleza solamente acariciada por los soles y los vientos.

Un malhadado día llegó al pueblo, procedente de Salamanca, en donde estudiaba Bachiller, el hijo de uno de los más importantes hacendados del pueblo.

No tardaron en llegar a oídos del mozo las alabanzas ponderadas de la hermosura, belleza y esquivez de la zagala.

Más por curiosidad que por otra clase de razones afectivas, ni siquiera por caer en la anidad del donjuanismo o la de domeñar a tan bella fierecilla, decidió un soleado día de los que tenía asueto, subir al monte para contemplar en el marco de la naturaleza la gracia inmaculada de aquella zagala ponderada por bella y hermosa.

Sobre un risco hallábase la moza, las blondas del endrino pelo al viento, el busto erguido, desafiante daba la impresión de ser la representación de una diosa pagana retando a los dioses del Olimpo; ni Júpiter Tonante, dios de dioses, ni el propio dios Pan, dueño y señor de los bosques, se hubieran atrevido a romper el encanto de su divinidad.

El monte rugía de gozo, cantaban su belleza los arroyos saltarines, las aves envidiaban el timbre de su cantarina voz, las bestias la rendían acato y obediencia teniéndola las flores por la más galana y olorosa de todas ellas.

Pero... un día, triste y nefasto para ella, Cupido convenció a Eros para que sacara una flecha de su carcaj y la lanzara al corazón de la bella, que al fin mujer se dejó prender en las sutiles redes del amor... y es que para este duendecillo disfrazado de dios, no existe belleza que se resista ni honestidad que no se vea vencida.

Y pasaron las cosas que suelen pasar cuando el amor y el deseo se entremezclan entre hombre y mujer.

Pasaron los días y el Bachiller, por imperativo de sus estudios, hubo de regresar a Salamanca, no sin antes jurar a su amada en el mismo sitio y lugar donde le ofreció su virginal pureza que regresaría a cumplir lo ofrecido.

Pasados unos meses, no se sabe si por presión familiar, por vanidad de conquistador o por la causa que fuese, envió a la zagala notificación dando por cancelado el compromiso con ella contraído.

Al día siguiente de haber recibido la desagradable noticia de su ruptura del juramento que la había sido hecho, decidió subir a la majada con su hatillo de ganado como si nada hubiera sucedido. Llegó la noche y no regresó la zagala. Buscáronla al siguiente día y de ella no hallaron ningún rastro; solamente encontraron al pie del risco una planta de un subido tono rojizo.

Al cabo de algún tiempo, regresó el Bachiller a casa de sus padres, enterándose del suceso.

Decidió al día siguiente de su llegada subir al lugar donde había gozado de las caricias y encantos de la zagala, como el criminal suele volver al lugar del crimen. Al llegar al pie del risco observó la existencia de una planta un tanto rara y extraña por su horma y color. Se acercó a ella más por curiosidad que por otra cosa, cuando observándola no supo si por causa del viento o de su imaginación, se movía y que a la vez salía una voz que le recriminaba su conducta con respecto al juramento pactado.

No se volvió a ver al Bachiller y las gentes que subieron a buscarlo al monte encontraron al pie de un risco enorme dos plantas silvestres, la una junto a la otra, como en amoroso coloquio y ambas de un subido color púrpura, que al tocarlas despedían una especie de líquido rojizo como si fuera sangre.

Algunos de los que subieron a buscar al Bachiller, al llegar al risco y contemplar la rara y extraña flor que crecía a sus pies, al intentar tocarlas creyeron oír, no saben si sugestionados por el lugar o por algún fenómeno extraño para ellos desconocido, una voz que les avisaba de estar en unos dominios señoreados por el “Risco del Diablo”.

Terminada la narración nuestro personaje quedó un momento dubitativo cómo si tratara de ampliarla ó le hubiera quedado algo por narrar. Acto seguido comentó: no sé si decirlo ó no. Voy a contarlo: ya sabéis lo que se dice del Cerro de Cabeza Renales, que si su voluminoso vientre es un gran embalse de agua de capacidad inconmensurable; que si reventara en alguna ocasión, no sabemos dónde todos iríamos a parar.

Bien sé que es pura imaginación; que tal embalse no existe, y si existe, lo mismo que lleva miles de años sin hacer alarde de su potencia interior, continuará por siglos y siglos en el mismo estado.

Hay quien dice que esto de la leyenda pudo ser muy bien verdad y la relaciona con el Cerro Renales al que consideran un ser mítico, fabuloso, petrificado en el tiempo por obra y gracia de algún dios del Olimpo ofendido por aquel.

Yo me limito, dijo el narrador, a contaros lo que escuché de labios de mis mayores y terminó su narración el parroquiano de la taberna de mi tía Maria.

Por mi parte ni quito ni pongo rey, me limito a transcribir unos recuerdo escuchados en mi juventud.


FÉLIX SEGOVIA



Con igual intención que Félix, salvando las distancias, claro, quiero que conozcas esta parte de la historia de El Espinar. Él tenía el convencimiento de que estas historias, ó se contaban ó se perdían. En unos días en los que lo que nos interesa a todos es la batalla diaria; donde la televisión y los ordenadores nos absorben el poco tiempo libre de que disponemos; en los que apenas ya escuchamos a nuestros mayores; en los que ya no somos parte del pueblo, si no que somos de él a secas; por todo esto es por lo que quiero que conozcas esta historia, para que no se pierda con la voz de nuestros mayores. Dejo ahora en tu mente la idea de ir a descubrir este entorno y ver si queda algo de lo que de él se describe.
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